Los retratos que me miran: la saga de los García
Quizá me habéis oído decir alguna vez que soy la séptima generación de pintores —o artistas— de mi familia. Tenía ganas de escribir esta pequeña historia —en minúsculas, pero llena de color— de mis antepasados a partir de lo que se ha ido recuperando de una investigación genealógica muy exhaustiva. El trabajo de investigación ha sido intenso y complicado entre otras cosas porque García es un apellido demasiado común, porque los segundos apellidos que aparecen a lo largo del tiempo también son bastante comunes y, además, veréis que todos los nombres de pila se repiten iguales de generación en generación, algo por otra parte habitual en la España de los siglos XVIII y XIX.
Además, veréis que el entorno artístico en esta familia debía de ser muy potente: artesanos grabadores, dibujantes, litógrafos, pintores, cartelistas… En cada generación no sale uno, sino varios pintores o artistas. Las artes eran el «negocio» familiar. En mi relato intentaré centrarme especialmente en mi línea genealógica directa, pero hay ramificaciones por todo el camino.
De pequeño, en casa de mis padres, vivía rodeado de cuadros de abuelos y bisabuelos y tatarabuelos que no conocí. Decenas de acuarelas, óleos, retratos, marinas… de todo. Pero sobre todo me impactaban los retratos. Los miraba y ellos me miraban. Eran «de la familia». Durante años ni siquiera pensé en llamarme pintor ni mucho menos en considerarme la séptima generación. Sentía que era un título que tenía que ganarme y, aunque no lo hago de forma profesional, a base de pintar cuadros, hacer exposiciones e incluso ganar algún premio, siento que quizá sí que formo parte de este linaje.
Mi bisabuelo, y también mi tío abuelo, para pintar, disfrazaban a la familia, montaban escenarios teatrales y les hacían fotografías en blanco y negro para tener modelos. Tengo las fotos guardadas, y negativos de vidrio de las primeras cámaras fotográficas. Hay fotos de mi bisabuela y de toda la familia, hasta llegar a mi padre de pequeño, disfrazados de pescadores, marineros, campesinos, de todo… Yo, últimamente, utilizo la Inteligencia Artificial para generar caras y modelos que no existen para inspirarme. Cuando lo hago, pienso: «¿Adónde iremos a parar? ¡Cómo ha cambiado todo!». Pero en el fondo, me doy cuenta de que mis antepasados y yo hacemos lo mismo: utilizar la tecnología de nuestro tiempo (ellos la fotografía, yo la IA) para intentar atrapar la misma emoción humana y pintarla después.
Pero vayamos al grano: vayamos a la historia y a conocer a los personajes. Remontémonos a mediados del siglo XVIII en Segovia…
La cuna del oficio
En 1748 nació en Segovia Antonio García Martín, «el viejo». Poca cosa sabemos de él, solo que era oficial de la Contaduría de la Real Casa de la Moneda de Segovia.
La Real Casa de la Moneda de Segovia era una ceca (nombre genérico que recibe cualquier establecimiento oficial donde se acuña moneda) conocida como el Real Ingenio (se la llama así porque, a diferencia de las otras cecas de España que todavía acuñaban manualmente a martillo, la de Segovia era una fábrica totalmente mecanizada), y fue una institución pionera en la historia industrial europea. Construida por orden de Felipe II en 1583, implementaba un sistema de laminación y acuñación mecanizado mediante ingenios movidos por ruedas hidráulicas.

Para entender el contexto en el que vivía, hay que detenerse un momento en qué era exactamente la Real Casa de la Moneda de Segovia. Su historia constituye una crónica viva de la evolución de las élites técnicas y artísticas durante la Ilustración y del tránsito hacia la modernidad. Las estructuras de poder y producción de la Corona fomentaron una profesionalización que oscilaba entre el rigor contable, la precisión artesanal y la expresión artística liberal. En este contexto, la pintura y el dibujo no eran disciplinas aisladas, sino la extensión natural de una formación basada en el orden, la geometría y la representación simbólica de la monarquía.
Esta fábrica no era solo un taller de producción; era un complejo departamentalizado donde convivían expertos en fundición, mecánica, contabilidad y grabado.
Antonio García sirvió como oficial de la Contaduría de la Real Casa de la Moneda. En el siglo XVIII, la Contaduría no era una oficina de registro como entendemos ahora, sino el órgano supervisor que garantizaba la integridad del tesoro real y la corrección de todos los procesos económicos de la ceca. Después de la reforma administrativa de 1730, la jerarquía de la fábrica situó al Contador como una de las figuras más poderosas, solo por debajo del Superintendente y, en muchos aspectos, con funciones de control sobre el propio Tesorero. Antonio vivió la transición hacia una burocracia moderna donde la contabilidad era la «nueva ciencia» para evitar el fraude en la moneda. Mientras él contaba reales, en Europa nacía la Enciclopedia. Él era el garante del orden en un mundo que empezaba a valorar la precisión por encima de la tradición.
Ser oficial de la Casa de la Moneda comportaba un estatus social elevado. Eran nombrados directamente por el Rey y gozaban de privilegios como la exención de ciertos impuestos y el derecho a alojamiento dentro del recinto de la fábrica, donde disponían de habitaciones para viviendas y despachos. Esta proximidad física con el proceso de fabricación permitía que los hijos de los oficiales crecieran en un entorno donde la mecánica, la metalurgia y el dibujo técnico formaban parte de su cotidianidad. García Martín, por tanto, no solo gestionaba cifras, sino que supervisaba un proceso de creación artística industrial que su hijo heredaría desde una vertiente más plástica.
Sabemos que se casó en 1770 con Maria González (que fue su primera esposa) y tuvieron un hijo.
El escultor del acero
Antonio García González, pues, nació también en Segovia en 1772. Se llamaba igual que su padre y como él trabajó en la Casa de la Moneda, igual que él. Consta que allí ejerció de grabador y además era ayudante de dibujo de la Escuela de Dibujo de Segovia. Estas actividades coinciden con el momento de esplendor del Neoclasicismo, después de las reformas de Carlos III, que buscaban la unión de las artes con las ciencias útiles.
La profesión de grabador en la ceca era considerada una de las artes más complejas y especializadas de la época. García González no era un simple operario; era, en esencia, un escultor de bajorrelieves en miniatura que trabajaba sobre un soporte de extrema dureza: el acero. El grabador tenía la misión de tallar «en hueco» las matrices y los cuños que posteriormente imprimirían la imagen del monarca y el escudo de las Españas sobre el metal precioso.

Paralelamente a su tarea en la fábrica, García González ejercía como ayudante de dibujo. La Escuela de Dibujo de Segovia fue fundada en 1774 por Antonio Espinosa de los Monteros, que también era el grabador principal de la Casa de la Moneda. Estas escuelas eran el pilar fundamental de la política ilustrada: se consideraba que el dibujo era la lengua universal de las artes y las manufacturas, y que sin él no podía haber ni buen grabado, ni buena arquitectura, ni buena industria. El dibujo, en aquella época, no era «ocio», sino una cuestión de Estado: España necesitaba artesanos que supieran dibujar para competir con la industria extranjera.
Como ayudante de dibujo, García González participaba en la formación de aprendices y ciudadanos, enseñando principios de geometría y perspectiva, dibujo de anatomía y academias y diseño ornamental.
Esta vinculación docente demuestra que García González formaba parte del círculo intelectual de la ciudad, colaborando con figuras como Espinosa de los Monteros en la creación de una colección de estampas y modelos que servirían de base para la futura colección del Museo de la Casa de la Moneda.
Antonio se casó con Maria Suárez, tuvieron 5 hijos y nació la tercera generación.
Del metal al lienzo: el salto a la Corte
Antonio García Suárez también nació en Segovia en 1799, y ya viviría toda su vida en el siglo XIX. De este Antonio (ya llevamos tres) ya sabemos muchas más cosas y este era ya claramente pintor de profesión.
La transición del grabado y el dibujo (García González) a la pintura (García Suárez) es un camino recorrido por muchos artistas de la época. El grabador es, en muchos aspectos, un «pintor sobre acero» o un «escultor en miniatura». La base de la formación de García Suárez probablemente fue la Escuela de Dibujo donde su padre enseñaba.
Antonio García Suárez nace a las puertas de un turbulento siglo XIX. Su formación pictórica aprovechó la solidez técnica del grabado y el dibujo paternos para evolucionar hacia géneros más libres como el retrato al óleo o la pintura religiosa. Mientras que su padre grababa la imagen del Rey en el metal, Suárez exploraba la luz y el color sobre el lienzo, pero manteniendo siempre la precisión en el dibujo que caracterizaba a los alumnos de la escuela segoviana.
Sabemos que se fue a vivir a Madrid y, según la tradición oral familiar, fue aprendiz del taller del mismo Francisco de Goya (debió de ser durante los últimos años del maestro en Madrid, antes de su exilio en 1824). Esto debía de ser el máximo prestigio posible e indica que García Suárez poseía un talento excepcional que le permitió entrar en el círculo más selecto del arte cortesano.
Vivió el paso del mundo antiguo al Estado Liberal con el reinado de Isabel II. Según los datos que tenemos, fue pintor de la Corte y probablemente trabajó en el Palacio Real de Aranjuez y otras iglesias y lugares del patrimonio real en Madrid. Restauró las pinturas del techo de las Descalzas Reales de Madrid que se dañaron por un incendio y pintó los Cuatro Evangelistas en las pechinas de la media naranja de la iglesia de San Martín.

Ser pintor de la Corte (o de Cámara), no era solo un título honorífico; era un cargo de la administración real. Como tal, tenía la obligación de decorar los Reales Sitios (Sitios Reales). Este cargo probablemente le daba un sueldo fijo y un estatus de funcionario de élite de la Corona, siguiendo la tradición administrativa de su abuelo en la Contaduría.
Fue maestro pintor y profesor de pintura. Como profesor, estuvo vinculado y premiado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que era quien supervisaba la formación artística en todo el país y por el conservatorio de artes.
Sabemos que en su madurez expuso en la exposición general de bellas artes de 1858 presentando dos cuadros. Su participación en esta exposición es muy importante. Las Exposiciones Nacionales (iniciadas en 1856) eran los acontecimientos más importantes del arte español del siglo XIX. Vivió el Madrid de las tertulias y el Prado recién estrenado.

Antonio se casó con Carmen Mencía. Tuvieron 10 hijos. Una hija suya, Amelia, se casó con un litógrafo (otro artista), Victor Faure. La mujer del tataranieto de Amelia, Cristina, es genealogista y la responsable de que hoy tengamos muchos de los datos sobre estos antepasados. Otros dos hermanos, Natalio y Daniel, dibujaban. Nos fijaremos, sin embargo, en otros dos hermanos que destacaron bastante en el oficio de pintor.
El esplendor de la acuarela y el París de la luz
Antonio García Mencía y Julio García Mencía nacieron en 1849 y eran gemelos. Los dos fueron pintores de renombre. Julio García Mencía era pintor y litógrafo y llegó a ser director de la Escuela Nacional de Artes Gráficas, así como fundador de la Compañía Asturiana de Artes Gráficas de Gijón. Además, fue el padre de otro pintor bastante reconocido, Ángel García Carrión, pintor y profesor de dibujo en Barcelona. Pero mi tatarabuelo, y el que aquí nos interesa, fue su hermano Antonio.
Antonio García Mencía (cuarto Antonio seguido) es quizá mi antepasado de más peso en el mundo del arte. Fue uno de los grandes nombres de la acuarela del siglo XIX y llevó el costumbrismo español a las salas más prestigiosas de Europa.
Formado en la Academia de San Fernando de Madrid con su hermano Julio bajo la tutela de maestros como Federico de Madrazo, Antonio destacó rápidamente ganando numerosos premios en su etapa de formación. En 1872 se trasladó a París, donde vivió casi veinte años y se convirtió en uno de los pocos pintores españoles capaces de prosperar exclusivamente con su obra, llegando a comprarse su propio hotel-estudio. Allí debió de vivir la inauguración de la Torre Eiffel, la Belle Époque y la Exposición Universal.
A pesar de vivir la eclosión del Impresionismo en la «ciudad de la luz», García Mencía se mantuvo fiel a un estilo académico y preciosista. Fue aclamado por sus escenas de género, el orientalismo y, sobre todo, por su dominio de la acuarela, técnica con la que triunfó en Londres, Berlín y Burdeos. En Madrid, su relevancia lo llevó a ser presidente de la Sociedad de Acuarelistas y profesor de la Escuela de Artes y Oficios. También fue muy activo haciendo carteles.

Uno de sus grandes éxitos fue la tercera medalla en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Madrid en 1892 con la obra Estrella Polar. Curiosamente, en aquella misma exposición compartía cartel con un joven Joaquín Sorolla, que quedó segundo y con quien mantenía una relación cordial, como testimonian las cartas que conservamos donde Antonio le pedía recomendaciones para su sobrino, Ángel García Carrión. Guardo esta medalla de bronce en casa. Ocupa menos que los cuadros 😅

En 1901 volvió a participar con Nube de verano y mejoró: ganó la segunda medalla.

Después de quedar viudo de su primera mujer, Cruz Gutiérrez, mi tatarabuela, Antonio se casó con Josefina Corchón Diaque, pintora e hija de pintor. Ella no solo fue su discípula, sino una auténtica pionera: fue una de las pocas mujeres inscritas en la Escuela de Pintura a finales del siglo XIX, rompiendo barreras en el sistema artístico español, un mundo casi exclusivamente masculino.
Hoy, la obra de Antonio García Mencía se puede encontrar en el Museo del Prado y en colecciones internacionales.

El maestro que pintaba las olas
En 1882 nació en París mi bisabuelo, Julio García Gutiérrez. Fue un destacado pintor del siglo XX que dejó una huella profunda en la enseñanza artística y en el género de la marina. (Por si os preguntáis qué pasó con el nombre familiar Antonio, no os preocupéis. Julio tuvo un hermano que se llamaba Antonio).
Desde muy joven demostró un talento excepcional en la Escuela Superior de Pintura de Madrid, donde coleccionó medallas y accésits en anatomía, perspectiva y dibujo entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Su carrera como docente lo llevó primero a Córdoba, donde fue nombrado profesor en 1904. Más tarde, se trasladó a Barcelona, ciudad donde consolidaría su carrera: fue catedrático, vocal de la Junta de Museos y, finalmente, en 1940, fue nombrado director de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Barcelona (Llotja) y fue delegado del ministro de Educación Nacional. Tuvo que gestionar la reconstrucción cultural en una Barcelona gris después de la Guerra Civil. Por su labor, en 1943 recibió la Orden de Alfonso X el Sabio.
A pesar de este reconocimiento oficial, su etapa final en la Llotja quedó marcada por una profunda amargura institucional a raíz de la reforma de 1946. La división de la escuela en dos instituciones permitió que Frederic Marès, escultor y coleccionista, (el del museo en Barcelona), lo desplazara de la dirección de la sección de Bellas Artes, un agravio que mi bisabuelo vivió como una maniobra política para desposeerlo de su legado y autoridad. Por si el desplazamiento institucional no hubiera sido suficiente, la ironía alcanzó un nivel casi insoportable cuando, en 1954, Marès instaló unos bajorrelieves de granito en la entrada del Banco de Vizcaya, precisamente en el edificio donde Julio residía (Passeig de Gràcia, 51). Mi padre, que era muy pequeño, recuerda esta fuerte animadversión familiar hacia Frederic Marès, que en casa casi era el «enemigo» de la familia.
Aunque cultivó diversos géneros, Julio destacó popularmente por sus marinas «fogosas y solitarias». Su obra traspasó fronteras, exponiendo con éxito en Brasil y Argentina, en la famosa sala Witcomb de Buenos Aires. En Barcelona, sus exposiciones en la Sala Busquets eran citas habituales para la crítica de la época. Igual que su padre, también hizo muchos carteles.


(este lo tenía en la habitación cuando era pequeño)
Como en las anteriores generaciones, el arte era el motor de la familia. Por una parte, su hermano Antonio García Gutiérrez fue escultor y cartelista y por otra Mariano García Gutiérrez parece que quizá hizo algún cartel (¡sería otro caso de repetición de hermanos artistas!). Y por si fuera poco, Julio se casó con Antonia Sanz Obieta (Titi), que no solo era su mujer, sino que además era una pintora que llegó a exponer en la Exposición Nacional de Bellas Artes. La familia de Titi era un núcleo femenino con una fuerte inclinación artística, en una época en la que las mujeres luchaban por hacerse un lugar en el mundo académico del arte. Tanto Titi como sus tres hermanas (Dionisia, Begoña y Elisa) recibieron formación en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid.
Más allá de los títulos oficiales, el recuerdo familiar nos dibuja a Julio como un hombre reservado. Su nieto (mi padre) lo recuerda como alguien que «no le hacía ni caso», y en la familia se sabía que era de aquellos artistas que preferían expresarse con el pincel antes que con la palabra: De él se dice que «pintaba mucho y hablaba poco». De aquella generación tengo las fotos familiares que después servían de modelo para los cuadros y carteles.
Julio y Titi tuvieron cuatro hijos. Julio y Antonio, que nacieron mientras Julio trabajaba en Córdoba, Carmen y Mariano. El pintor de la siguiente generación fue Antonio (1912) pero Julio (1911) era mi abuelo.
La herencia emocional
Antonio García Sanz, mi tío abuelo, pues, era pintor, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Sant Jordi en la Llotja de Mar de Barcelona, hizo varias exposiciones en la Sala Busquets y pintaba óleos, principalmente retratos. De todos mis antepasados es el que más ha marcado mi estilo pictórico: eran los retratos que «me miraban» cuando yo era pequeño. Antonio murió a los 46 años y por tanto yo no llegué a conocerlo.

Mi abuelo, Julio García Sanz, rompió con el oficio familiar y fue abogado. Era el abogado del gremio de fotógrafos de Barcelona durante el desarrollismo de los años sesenta. El hecho de que mi abuelo Julio se hiciera abogado del gremio de fotógrafos es un punto de giro en la historia familiar: el arte ya no solo se pinta, se protege legalmente y se tecnifica.
Julio se casó con mi abuela, Olga Sallés Puig, del Prat de Llobregat y en 1943 nació mi padre Jaime/Jaume (se ve que mi abuelo rompió además con la tradición de nombres repetidos). Mi padre fue hijo único y heredero de un montón de cuadros de la familia, y por eso tenemos tantos cuadros en casa.
Mi padre tampoco ha sido pintor, fue ingeniero, y eso me marcó a mí, que también lo soy. Jaume García Sallés y Mari Pepa Brustenga Echauri tuvieron tres hijos en los años 70 del siglo pasado, Guillem, Jordi y Maurici, dos ingenieros y un economista.
Aunque mi hermano Jordi también comparte esta inclinación artística, de momento soy yo, Guillem Garcia Brustenga (GuillemArt.cat), quien ha tomado la iniciativa de atreverse a reivindicar el legado pictórico de los Garcia —ahora ya, Garcia en catalán, sin tilde— y de asumir el papel de séptima generación en pleno siglo XXI.
El tiempo dirá si habrá otra generación de artistas. De momento mis dos hijas estudian disciplinas muy vinculadas a la creatividad y al diseño. Y como su madre, Clara, es Vila Terrades de apellidos, ellas se llaman Garcia Vila: dos apellidos muy comunes, requisito indispensable para continuar la saga… y para volver locos a los investigadores de aquí a 250 años😜.
| Nota del autor: Este relato nace de la rigurosa investigación genealógica de Cristina Caballero Clavijo, de recuerdos compartidos con mis padres y de una investigación propia apoyada en las herramientas de IA de Google (Gemini Deep Research y NotebookLM). En aquellos pasajes donde el tiempo ha borrado las huellas biográficas y ha confundido nombres y apellidos, me he permitido algunas mínimas licencias narrativas para imaginar los detalles. Como dice el refrán: «Que la realidad no estropee una buena historia». |